Jet lag social y nuestro reloj interno

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Todos los seres vivos contamos con un reloj interno, los ciclos circadianos están sincronizados con los cambios de nuestros entorno como el día-noche o las estaciones del año.

Jean-Jacques d´Ortous de Mairan, matemático, astrónomo y geofísico francés del siglo XVIII, fue el primero en demostrar la existencia de un reloj interno. Él hace experimentos con plantas, más específicamente con la mimosa. ¿Cómo podía la mimosa calcular el tiempo?

En el experimento, puso la planta en un lugar oscuro y observó si habría las hojas de día y las cerraba en la noche. Esto ocurría, es decir, la planta no necesitaba información sobre la luz para saber si era de día o de noche. Los procesos de la planta, por lo tanto, no estaban controlados por la luz, sino por la propia planta. Cada una de las células de la planta tenía un “reloj” con el que regular sus procesos.

En nosotros, este reloj se encuentra en el núcleo supraquarmático. Este núcleo está conformado por un grupo de neuronas situadas encima del quiasma óptico (detrás de la nariz), lugar donde se cruzan los dos nervios ópticos. Este núcleo recibe toda la información sobre la luz y la oscuridad de los ojos, sincronizándonos con el día y enviando dicha información al resto del organismo.

¿Tú eres un búho o una alondra?

Hay personas que tienen cierta facilidad para madrugar, se despiertan pronto con ganas de aprovechar y empezar ya el día con energía y al llegar la noche caen rendidos en la cama. Mientras que hay otras personas a las que les cuesta más despertarse, se sienten con menos energía por la mañana, pero luego pueden estar activos hasta la madrugada. Esto se debe a unos 20 genes que indican a qué hora nos despertamos, cuáles son las horas óptimas para comer, practicar sexo, tener tiempo de ocio o trabajar.

La mayoría de nosotros tenemos genes tipo búho, pero nuestras costumbres culturales nos obligan a madrugar. Vivimos en un jet lag social, vivimos entre dos husos horarios distintos, el biológico y el social.

Por ejemplo, un trabajador que se despierte a las 6.00 am en Praga, lo hará con la luz solar. Mientras que un trabajador que lo haga en Santiago de Compostela, que comparte el mismo horario, lo hará sin una hora antes de que halla salido el sol.

El mejor regulador del reloj interno es la luz, estamos acostumbrados a recibir mucha luz durante el día y poca durante la noche. La industrialización ha modificado esto, durante el día ya no estamos expuestos a tanta luz y durante la noche utilizamos luz artificial. Nuestro cuerpo termina desorientándose, así que cada vez nos cuesta más dormir y nos volvemos más “búhos”, mientras nuestros horarios nos obligan a ser alondras. El estrés que esto produce se relaciona con la obesidad y el consumo de alcohol, café y tabaco.

Se han realizado experimentos con personas, similares a los de la mimosa. En estos estudios, se ha observado, cuando carecemos de datos sobre el día y la noche, que nuestros ciclos naturales son de 25 horas. Sin luz, nos desincronizamos una hora. Algunas de las personas que participaron en este estudio sufrían una “desincronización interna”, llevando a cabo días de 40 y 50 horas.

 

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