La empatía y por qué necesitamos los abrazos

 

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La empatía es la capacidad para ponernos en el lugar del otro, comprender cómo se siente y mirar las cosas desde su perspectiva, sin juzgarlo. Esta comprensión es tanto cognitiva como afectiva. ¿Qué quiere decir esto? Pues que no sólo vemos como razonable lo que el otro está sintiendo/haciendo/piensa, sino que además esto evoca una emoción similar en nosotros.

Ser empático es ser capaz de estar en el lugar del otro, no de ponerse en su lugar.

La empatía se aprende a través de nuestras relaciones significativas (padres, parejas, …). Cuando somos pequeños no sabemos identificar bien qué estamos sintiendo ni sabemos regular esas emociones solos. Son nuestras figuras de cuidado las que nos dicen qué estamos sintiendo y nos ofrecen una vía para manejar esa emoción. Todos hemos hablado de forma exagerada (sonidos y expresiones faciales) cuando estamos con un niño pequeño. Esta expresividad tan marcada permite, entre otras cosas, que el niño identifique cómo se está sintiendo. Sería como si se mirase a un espejo que exagera sus rasgos más característicos en cada momento.

A partir de esta explicación que nos dan desde fuera, creamos un modelo para comprender nuestro mundo interior. Este mismo modelo es el que utilizamos para comprender y empatizar con otros. Empatizamos con otros cuando su experiencia conecta con algo similar que a nosotros también nos pasó.

La empatía es una capacidad necesaria para la supervivencia. Que los demás capten cómo funcionamos, quienes somos y cómo nos sentimos es una necesidad básica. Necesitamos sentirnos vinculados a otras personas y esto nos da seguridad.

Harlow, también investigó esta necesidad de sentir un vínculo con monos. A estos se les ofrecía una madre de alambre que proporcionaba leche y otra de felpa que no tenía alimento. Los monos preferían a la madre de felpa, aunque fuesen a alimentarse a la de alambre.

El contacto físico es una forma de sentirnos vinculados. Pocas veces algo de lo que digamos/nos digan va a aliviar el malestar, pero sentirse vinculado, comprendido sí nos hace sentir mejor. A veces un abrazo es suficiente.

Otro experimento realizado en los años 40 pone de manifiesto la cara más extrema de esta necesidad de sentirnos vinculados y de la necesidad de contacto físico. Spitz, médico austrohúngaro, observó qué ocurría con los recién nacidos en los orfanatos de la época. Estos bebés no tenían un sustituto de sus madres, no había un cuidador con el que pudiesen vincularse.

  • Durante los dos primeros meses de la separación el bebé cada vez llora más y aumenta la intensidad de su llanto.
  • Entre el sexto y el octavo mes el crecimiento de estos bebés se retrasaba.
  • Los bebés que durante su primer año de vida pasaron más de cinco meses deprivados de un vínculo comenzaron a deteriorarse. Su expresión es vacía, parecen estar en letargo, no hablan y no caminan.
  • El 37% de ellos se deterioraron hasta morir en su segundo año de vida
(Es interesante verlo, pero no lo recomiendo si crees que puede afectarte dada la dureza de las imágenes).

Esta necesidad de contacto físico continua cuando somos adultos. Un reciente estudio de la Universidad de Carolina mostró que cuando otras personas nos tocan o nos abrazan aumentan nuestros niveles de oxitocina. Esta hormona, entre otros efectos, produce sensación de bienestar, diminuye la presión arterial y el ritmo cardiaco. Karen Grewen, investigadora en este estudio explica que pasear de la mano de nuestra pareja durante 10 min o un abrazo puede tener un efecto protector sobre nuestro corazón.

La empatía es una capacidad necesaria para el vínculo con los demás y por lo tanto para nuestra supervivencia.

¿Qué podemos hacer para practicar/mejorar nuestra empatía?

  • Abandona el “no te preocupes” y “no pienses en ello” y escucha cómo se siente, qué necesita, qué es lo que le hace sentir tan mal o tan bien.
  • Decirle a la otra persona lo que hemos entendido de lo que nos ha dicho. Por ejemplo “Me imagino como estás, veo que estás triste porque eso para ti era muy importante”.
  • Lee, a través de las historias conocemos otras formas de funcionar y lo que les ocurre a sus protagonistas por dentro
  • Desafía tus prejuicios, intenta ver la persona individualmente y no como parte de una categoría. Un ejercicio útil puede ser buscar a alguien con quien compartas algo, pero que tengas etiquetado y utiliza esa similitud para crear una conexión.
  • No te quedes sólo como lo que escuchar, observa otras cosas como la postura, los silencios, el tono, la expresión facial, …
  • Imagina qué motiva a los demás a hacer lo que hacen.

 

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