En la mente del asesino

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Jeffrey Dahmer, “El caníbal de Milwaukee” condenado por el asesinato, necrofilia y canibalismo a 17 personas. Ted Bundy condenado por el asesinato de 29 mujeres, aunque se calcula que pudo matar hasta 100. Emil Kemper, asesino en serie que mata a su madre a martillazos, la decapita y viola su cadáver. Estos son algunos ejemplos que criminales psicópatas famosos por sus atrocidades. ¿Cómo funciona su mente?

Hablamos de psicopatía para referirnos a un trastorno de conducta caracterizado por insensibilidad al malestar de los demás (baja empatía) e impulsividad marcados. La baja empatía no es a todas las emociones, es al miedo, la tristeza y el dolor. Además, parece que ante los castigos se quedasen indiferentes.

Las alteraciones en la empatía y la impulsividad tienen que ver con alteraciones en estructuras del cerebro. La baja empatía tiene que ver con alteraciones en la amígdala y el córtex prefrontal ventromedial. Mientras, la impulsividad en la toma de decisiones tendría que ver con una disfunción en la corteza prefrontal y con el cuerpo estriado.

El origen del mal funcionamiento de estos sistemas neuronales tiene que ver con factores genéticos, prenatales, variables ambientales y variables sociales. En los últimos años se ha estudiado el papel de la oxitocina en la aparición de  rasgos psicopáticos (baja empatía emocional e impulsividad).

La oxitocina es un neuropéptido, producido por la hipófisis, que tiene efecto sobre la empatía, la afiliación, la regulación del estrés, la interacción social, la confianza en uno mismo y los demás y el comportamiento moral. La oxitocina favorece la vinculación con otros y el reconocimiento de expresiones faciales. Una reducción en la cantidad de oxitocina contribuiría a una menor empatía emocional.

Desde 2012 son muchos los estudios que han encontrado relación entre la aparición de rasgos psicopáticos y ciertas alteraciones genéticas que afectan a la oxitocina y sus receptores. Las alteraciones (polimorfismos) de estos genes tienen como resultado bajas concentraciones de oxitocina, característica asociada a los comportamientos agresivos. Afectan a la emisión de juicios morales, la percepción emocional y al comportamiento antisocial agresivo.

Aunque, como ya he mencionado, la genética no es el único factor que interviene.

Es habitual que la crianza de estos niños sea compleja porque suelen ser niños difíciles de calmar, de confrontar y especularizar. Es decir, nacen con facilidad para desregularse emocionalmente y les cuesta entender sus emociones y las de los demás. Los cuidadores deben saber regular la activación emocional del niño, por lo que estos niños requieren padres más activos e implicados. Es frecuente que las personas con rasgos psicopáticos tengan dificultad para encontrar figuras de protección en la infancia. Parece que estas personas hubiesen sido consentidas en lo material mientras eran deprivadas en lo emocional.

Hay unos límites normales de activación y sosiego emocionales entre los que el cerebro se debe mover. Si los cuidadores no saben responder a estos estados, el niño se hiperactiva. Cuando el niño llega al nivel de máxima tensión, el cuerpo libera más endorfinas de lo habitual dejándole como desconectado (disociado). Este proceso repetido en el tiempo acaba dañando aún más las estructuras que afectan a la conducta psicopática.

Además, durante cierto periodo del desarrollo, el niño necesita sentirse omnipotente. Conseguir que estos niños se sientan así es complicado, tanto por la vulnerabilidad genética como por lo que exigiría a los cuidadores. Por lo que es fácil que estos niños crezcan con una imagen de sí mismos negativa, que nunca lleguen a sentirse omnipotentes. Así que, suelen buscar esta imagen a lo largo de su vida. Para ello pueden recurrir a intimidar o humillar a los demás, de modo que él quede por encima. Por ejemplo, David Berkowitz, asesino en serie, comenzó a asesinar tras enterarse de que su madre era una pordiosera.

Nuestra cultura es otro factor que puede contribuir al desarrollo de la psicopatía. Estos niños se encuentra en un contexto que empuja hacia el individualismo y la realización personal, que olvida que a veces realizarnos es también dar prioridad al otro. Crece rodeado de mensajes como “el fin justifica los medios” y “si tu no piensas en ti nadie más lo va a hacer”.

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