Cómo prevenir problemas con la alimentación en la adolescencia ¿Qué puedo hacer yo?

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Los trastornos de alimentación son una de las enfermedades crónicas más frecuentes en adolescentes y mujeres jóvenes. Se estima que, en los países industrializados, alrededor de un 4% en mujeres y un 1% en hombres, padece algún tipo de trastorno de la alimentación.

Los trastornos de alimentación se caracterizan por una insatisfacción con la imagen corporal y determinados pensamientos y conductas relacionados con dicha insatisfacción (restricciones alimentarias, provocación del vómito, distorsión de la propia imagen corporal, …). La malnutrición que aparece al poco de debutar el trastorno afecta a todo el organismo y al funcionamiento cerebral, perpetuando el trastorno. El ciclo bajo el que se funciona se asemeja a esto:

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La tasa metabólica es la velocidad a la que gastamos las calorías.

Toda esta sintomatología permite, a las personas que la presentan, manejar situaciones emocionales complejas. Es decir, lo más nuclear de este tipo de trastornos es una dificultad para gestionar determinadas situaciones emocionales. El ideal de belleza actual y la importancia de la imagen en nuestra sociedad han favorecido que la imagen y la alimentación sean elementos a través de los que gestionar emociones.

Es uno de los trastornos mentales que más tiende a cronificarse, por lo que su detección precoz es importante ¿Qué nos puede ayudar a identificarlo precozmente?

  • Cambios en los hábitos de alimentación interpretados como signos de auto-disciplina y fuerza de voluntad.
  • Tiene un comportamiento modélico, está siempre ocupada estudiando o haciendo ejercicio. Esto parece que justifica que se vaya aislando (no queda con amigos).
  • Evita las comidas familiares o se muestra irritable cuando está la comida de por medio.
  • Controla y supervisa la alimentación en el hogar. Quiere hacer la compra y encargarse de cocinar.
  • Se enfada cuando le hacen ver que está delgada/o.
  • Ha aumentado el ejercicio o hay un exceso de actividad motora.
  • Desaparece después de comer.
  • Aparecen envoltorios de comida o comida escondida.
  • Aumenta considerablemente el consumo de agua en casa.
  • Descubrimos laxantes, diuréticos o pastillas para adelgazar.
  • Está cansada/o constantemente.

¿Qué hago si detecto algo de esto? Siempre, consultar con un buen profesional (médico, tutor, orientador, psicólogo, …).

Además, hay algunas pautas muy sencillas que nos pueden ayudar a que la relación de nuestro hijo con su cuerpo y su alimentación sea sana:

  • Adquisición de hábitos saludables a través de una alimentación variada y completa. Esto no quiere decir que sólo haya que comer verdura o productos dietéticos, sino que debe haber un equilibrio. La pirámide alimenticia es un buen referente para orientarse.
  • Ser modelos para nuestros hijos ¿Qué comemos y cuando?
  • Asociar la comida a momentos de conversación agradable o un momento neutro. Que no sea un momento para discutir o solucionar problemas. Esto a veces puede ser difícil, podemos tratar de encontrar otros momentos en los que negociar o hablar sobre problemas.
  • No restringir las conversaciones a la alimentación, esto acentuará su obsesión.
  • No criticar su imagen.
  • Enseñarle a reconocer y valorar sus cualidades.
  • Explicarle que no es posible hacerlo todo bien. Nos puede ayudar compartir con él nuestros errores como algo natural.
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